En particular, persiste un sesgo evidente: seguimos analizando el petróleo y la energía casi exclusivamente desde la oferta, incluso cuando la urgencia del problema exige una mirada más amplia sobre la demanda.
La reciente salida de Nicolás Maduro del poder lo demuestra con claridad. A pesar de que Venezuela concentra enormes reservas de petróleo, el impacto inmediato en los mercados fue acotado. Su potencial existe, pero está condicionado a estabilidad política, tiempo e inversiones de gran escala, en un contexto donde la oferta global ya se ha reconfigurado hacia otros polos productivos. Además, cualquier aumento de producción sería necesariamente gradual, dado que su crudo, mayoritariamente pesado, solo puede ser procesado por refinerías específicas y requiere tiempo para recuperar infraestructura y capacidad operativa. Todo esto ocurre, además, en un mercado que ya enfrenta una situación de sobreoferta, por lo que un eventual retorno pleno de Venezuela no respondería a un problema de escasez, sino que tendería a prolongar un escenario de abundancia, reforzando una discusión que sigue mirando al sistema energético por el espejo retrovisor.
Este episodio muestra una constante en el debate energético: se mira el lado de la oferta y se subestima el rol de la demanda. El foco sigue puesto en quién produce, cuánto produce y bajo qué alineamientos geopolíticos, relegando el papel central de la demanda; quizás valdría la pena que la discusión se centre en cuánta energía necesitamos realmente y cuánto de ese consumo puede reducirse mediante eficiencia, mejor diseño tecnológico y electrificación inteligente, estas transformaciones suelen ser menos visibles políticamente, pero tienen efectos estructurales más profundos que expandir la oferta.
La discusión en torno a Venezuela, más allá de su coyuntura política inmediata, deja una lección importante: mientras el debate energético continúe centrado en el petróleo y en la oferta, la transición avanzará principalmente a través de ajustes reactivos, más que mediante decisiones estratégicas coherentes con los desafíos políticos, climáticos y económicos actuales, lo que en la práctica termina retrasando la transformación energética.
Fuente: EM
